A fines del s. VI las polis griegas habían conseguido una mayor estabilidad política. Esparta y Atenas, las dos ciudades estados más importantes de Grecia, habían desarrollado ya sus concepciones diametralmente opuestas tanto en política interior como exterior. Todavía seguía siendo Esparta la polis más poderosa, pero Atenas la seguía a pasos agigantados. Fueron dos los factores que harían de Atenas la ciudad hegemónica de la Hélade: la victoria sobre los persas en la batalla de Maratón en las llamadas Guerras Médicas y unas reformas llevadas a cabo por Clístenes que desembocarían en el nacimiento de la democracia.
1. Las Guerras Médicas
Las Guerras Médicas son los enfrentamientos bélicos ocurridos entre el imperio medo - persa y las ciudades griegas. Fueron tres. La causa de la primera de ellas fue el desasosiego político y económico creado por la ocupación persa de las ciudades griegas de Asia Menor (La Jonia), fundadas a partir de las colonizaciones. Estas ciudades capitaneadas por Mileto piden ayuda a Esparta reconociéndola como la polis más importante de Grecia, pero Esparta no vio posibilidades de éxito y se negó.
Atenas envió una pequeña ayuda porque se consideraba " madre" de estas ciudades según la política nacionalista del tirano Pisístrato. Atenas explotó la idea de que ellos habían defendido a las ciudades jonias, que eran griegas antes que Esparta. Es lógico, pues, que en este contexto se potencie la Historiografía.
Recién terminadas las Guerras Médicas, Atenas y las ciudades jonias crearon una alianza, la Liga Marítima Ático- Délica, con sede en Delos para defenderse de posibles agresiones persas. Al cabo de poco tiempo, esta alianza se transformó en un imperio al servicio de los intereses atenienses. La desconfianza a este poder ateniense sería el germen de la Guerra del Peloponeso.
2. Nacimiento de la democracia.
La democracia es el poder del pueblo. El proceso hacia la democracia pasaba necesariamente por una progresiva apertura de las instituciones hacia casi todas las capas sociales, una potenciación de las funciones de la Asamblea donde todos los ciudadanos podían acudir (la ciudadanía se concedía a hijos de padre y madre ateniense) y un recorte de privilegios de la aristocracia.
Pericles supo aprovechar las posibilidades de la Liga Ático- Délica para convertir abiertamente Atenas en dueña del Egeo. Desvió dinero de la Liga para el engrandecimiento de Atenas: embelleció la ciudad con la construcción del Partenón y otros edificios que encierra su acrópolis y convirtió Atenas en el centro de la vida intelectual y artística del momento ya que las riquezas atrajeron a artistas y pensadores como los sofistas que cobraban por sus clases: la oratoria pasaría a ser muy importante como elemento de persuasión en las asambleas.
3. Guerras del Peloponeso. ( 431 - 404 a.C).
Son las guerras que mantuvieron durante 70 años, con interrupciones, Esparta y Atenas y sus respectivos aliados. Según Tucídides, las causas fueron el enfrentamiento entre dos planteamientos políticos opuestos (aristocrático/ democrático), el temor de Esparta ante la progresiva influencia ateniense en la Hélade, y la envidia de Mégara y Corinto ( aliadas de Esparta) hacia Atenas por motivos comerciales.
La guerra terminó con la victoria espartana que contó con la ayuda persa en la batalla de Egospótamos. Las consecuencias de esta guerra de desgaste fueron importantes para el destino de Grecia: Atenas entregó la flota, destruyó los muros defensores de la ciudad y suprimió la Liga Ático - Délica. De todos estos condicionantes se deduce una alternancia de hegemonía espartana y posteriormente tebana.
Sin embargo, las consecuencias más graves se manifestaron en la grave crisis de la polis y de la libertad:
- Se quebró el equilibrio entre las distintas clases sociales.
- Los avances de la técnica militar y la despoblación que la guerra trajo consigo fueron causa de que se recurriera a ejércitos profesionales que desplazaron a los ejércitos ciudadanos.
- La guerra despobló los campos. El intento de recuperarlos obligó a los ciudadanos a centrar sus intereses en estos y no en la vida pública.
- La pérdida de la guerra alentó el desánimo entre los atenienses. La moral y la tradición se van a relajar. La razón entra en crisis.
- El ciudadano ya no es el estado, sino él. El exceso de individualismo lleva a posiciones poco solidarias y a una búsqueda de la felicidad en éticas como el cinismo , hedonismo...
El fin de la guerra no supuso la paz entre los griegos. La inestabilidad política y la ruina de la economía tuvo su reflejo en continuas guerras durante la primera mitad del siglo IV a.C.
4. Filipo de Macedonia. Alejandro Magno.
La debilidad defensiva de la polis y su crisis de conciencia como ciudad estado diferente a otras abonaron el terreno para que una figura como Filipo de Macedonia intentara una unificación de los griegos ya que el sentido de la exclusividad de la polis había quedado atenuado.
Filipo tras haber conseguido mejoras en su ejército y haber saneado la administración, viendo la decadencia de las polis griegas abraza el sueño de apoderarse de ellas. Asia Menor no le ofreció mucha resistencia.
Su hijo, Alejandro, más ambicioso, extendió su imperio hasta la India intentando fusionar a los griegos y a los persas. Grecia conocerá de nuevo la Monarquía.
5.1. LA RETÓRICA Y SU CONTEXTO
5.1.1. Definición de retórica
La retórica es el arte o técnica de la persuasión por medio del discurso oral. En definitiva, el arte del discurso ciudadano, que se pone en práctica en el ámbito de la pólis, y que desempeña un papel decisivo en las diversas facetas de la vida pública y privada dentro del sistema democrático.
5.1.2. Tipos de retórica y géneros de discursos
Aristóteles, a mediados del siglo IV a.C., distinguió entre tres tipos de retórica teniendo en cuenta el receptor del discurso y su posibilidad de reacción. Si el auditorio ha de juzgar sobre hechos del pasado en el marco de un tribunal de justicia, nos encontramos ante la retórica forense. Si el auditorio ha de juzgar sobre hechos que han de suceder en el futuro en el ámbito de la asamblea política, nos encontramos ante la retórica deliberativa. Y, finalmente, si el auditorio asiste como espectador y no como juez que ha de tomar una decisión, nos encontramos ante la retórica epidíctica, demostrativa o "de aparato".
5.1.3. Evolución de la retórica en la Atenas Clásica.
Los críticos modernos, sobre todo G.A. Kennedy, han planteado que uno de los principales modos de definir las diferencias entre las distintas formas de retórica que se dieron en la Atenas Clásica es plantearse cuál de los tres elementos fundamentales del acto de la comunicación -orador, discurso, receptor- es el dominante en cada momento:
1) La retórica técnica o de los manuales: surge a partir de las nuevas necesidades cívicas -judiciales y políticas- planteadas en Siracusa y Atenas a partir de la instauración de la democracia. Este tipo de retórica surge al centrar los rétores su atención en el discurso en detrimento de factores como el emisor y el receptor. Se trata de una retórica enormemente pragmática, preocupada por cómo presentar eficientemente un tema y por cómo conseguir convencer a toda costa sin entrar a juzgar la moralidad del orador que pronuncia el discurso ni evaluar sus posibles efectos sobre el auditorio. Es la retórica de recetas y consejos simples y efectivos que desarrollaron en Sicilia autores como Córax y Tisias y que tuvo su continuidad en Atenas a través del grueso del movimiento cultural conocido como Sofística. Su ámbito básico de ejecución fue el género judicial.
2) La retórica sofística, es decir, la desarrollada por los grandes sofistas del siglo V y IV como Gorgias o Isócrates. Se trata de una retórica centrada en el orador más que en el discurso o en el auditorio y es la responsable de una imagen del orador ideal que, gracias al prestigio ganado, lidera la sociedad hasta conseguir el cumplimiento de unos objetivos personales (la influencia alcanzada por Gorgias) o de unos ideales nacionales (la idea del pan-helenismo defendida por Isócrates). Se trata de una retórica más ceremonial que activa y cívica. Se trata de una oratoria abierta a la amplificación y al refinamiento estilístico. Sus discursos, por lo tanto, pertenecen sobre todo al género epidíctico.
3) La retórica filosófica: este tercer ramal comienza con las críticas planteadas por Sócrates a las dos anteriores retóricas y tiene como continuadores básicos a Platón y a Aristóteles. Reduce el papel jugado por el orador y se preocupa por la validez del mensaje emitido, teniendo muy especialmente en cuenta su efecto sobre el receptor. Se trata de una retórica íntimamente conectada con la dialéctica y con el análisis psicológico. Su objetivo básico es buscar el bien del auditorio en el marco de la convivencia cívica. Este tipo de retórica prestó una especial importancia al menos desarrollado de los géneros: el deliberativo.
5.2.- LA ORATORIA: PRINCIPALES AUTORES
5.2.1.Nacimiento
La oratoria es un género literario en prosa que, como manifestación práctica de la retórica, nació alrededor de la mitad del siglo V a. C., aunque los primeros discursos elaborados literariamente no comenzaron a publicarse por escrito hasta comienzos del siglo IV a.C. Desde el principio del género se destacó su carácter práctico. A diferencia de otras manifestaciones literarias, destinadas a la instrucción o al simple deleite, la oratoria ocupaba un papel decisivo en la vida pública de la pólis y se desarrolló siguiendo el estímulo de dos figuras solidarias, la del maestro (un rétor o sofista instructor en el arte de la retórica) y la del discípulo (el orador que tenía que pronunciar un discurso). Existían maestros a sueldo que enseñaban a ser oradores y que transmitían el qué, el cómo y en qué orden debían expresarse aquellos que tuvieran la obligación de hablar en público en los diferentes contexto cívicos en Atenas.
5.2. 2.Contextos
La oratoria ática se desarrolló en tres contextos diferentes:
a) El contexto legal: En la democracia radical que surgió en la primera mitad del siglo V a. C., uno de los derechos más importantes era la isonomía (igualdad de todos los ciudadanos ante la ley). Todos los ciudadanos tenían el derecho, pero también la obligación, de ocuparse de su propia defensa ante un tribunal popular.
Los crímenes y delitos eran juzgados ante un tribunal que contaba con un número muy amplio de jurados (201 como mínimo), que eran elegidos por sorteo entre los ciudadanos varones de la pólis. Tanto acusadores como defensores tenían que exponer sus posturas sin intermediación de abogados, a no ser que se diera uno de los siguientes motivos: incapacidad física, ser extranjero (meteco), esclavo o mujer. Incluso en los casos de asesinato, que podían recibir una condena a muerte, en los primeros años de la democracia no existía un profesional legal, que actuara de oficio, sino que el papel de fiscal o el del abogado tenían que desempeñarlo simples ciudadanos que estuvieran implicados en el caso.
Aunque existían secretarios, no existía la figura de un juez que interpretara la ley escrita de la ciudad, que adoctrinara o que llamara la orden a los jurados. El jurado era el juez y tenía la atribución absoluta de interpretar tanto la ley como el hecho en sí mismo. No existía posibilidad de apelar frente a la decisión del tribunal. El tiempo de que disponían las partes estaba limitado por una clepsidra o reloj de agua y el juicio tenía que completarse en un solo día. Finalmente, la votación se realizaba en secreto. Los miembros del jurado introducían en una urna un guijarro con el que expresaban su juicio: blanco era inocente, negro culpable.
Al comienzo del sistema, a mediados del siglo V a.C., no existía posibilidad de examinar previamente las pruebas a favor o en contra por parte de los litigantes. Sólo hacia el primer tercio del siglo IV a. C. se permitió que tanto el testimonio de los testigos como las pruebas fueran presentadas previamente por escrito. Antes de que este procedimiento se pusiera en práctica, los oradores tenían que estar preparados para prever posibles argumentos o para reaccionar en el momento.
La existencia de estas duras condiciones explica la necesidad que tuvieron los ciudadanos de contar con un sofista o un rétor que les enseñara los rudimentos del arte de la retórica. Sólo a partir de finales del siglo V a.C. surge la posibilidad de un intermediario, el logógrafo, que era un orador profesional que, teniendo en cuenta el talante y características personales de quien tenía que pronunciar el discurso, elabora una intervención con los datos disponibles. El logógrafo más importante fue Lisias.
b) Contexto político: Estaba constituido por el ámbito de la asamblea política, que estaba formada por todos los ciudadanos libres de la pólis que contaban con el derecho de la isegoría o igualdad a la hora de intervenir en la política de la asamblea. Sin embargo, a diferencia de lo que ocurría en el ámbito judicial, la necesidad de aprender a pronunciar un discurso persuasivo en este contexto no era algo imprescindible. Aunque existía la posibilidad de que cada ciudadano hablara expresando su propio parecer, era muy difícil pronunciar un discurso en este contexto. De hecho, era casi imposible preparar por adelantado un discurso.
En el género judicial los oradores podían conocer por adelantado las líneas principales de su acusación y las pruebas y argumentos básicos que iban a ser empleados por el acusador, lo que permitía una cierta elaboración del discurso e, incluso, a partir de comienzos del siglo IV, la intervención de un logógrafo que preparaba el discurso en su totalidad y que lo daba a memorizar a su cliente. Sin embargo, en la oratoria deliberativa esa posibilidad apenas existía. No sólo era imprevisible el desarrollo de los temas a lo largo de una sesión de la asamblea, sino que también existía un prejuicio muy fuertemente asentado frente a aquellos oradores que pareciesen haber preparado de antemano sus intervenciones. De hecho, la intervención improvisada se consideraba como una premisa básica para juzgar positivamente la labor de un orador deliberativo. Este prejuicio se mantuvo durante todo el período democrático, hasta el punto de que tuvieron que desarrollarse técnicas para que, en aquellos casos en los que se hubiera preparado por adelantado un discurso, su ejecución pareciese improvisada.
Los principales oradores deliberativos, como Demóstenes, eran profesionales que lideraban una facción de ciudadanos. Así, por ejemplo, a lo largo de la época clásica surgieron diversos líderes que defendían intereses oligárquicos o populares. Estos oradores podían ser bienintencionados y buscar el bien de la comunidad, como ocurrió en el caso de Pericles, pero también podía tratarse de auténticos demagogos, como Cleón o Alcibíades, que buscaban satisfacer sus propios intereses a costa de sus conciudadanos.
c) Contexto epidíctico: Se trataba de un contexto más indefinido, en el que se desarrolló la oratoria que no era deliberativa ni judicial, destinada a la exhibición del orador, y que se puso en práctica en ámbitos privados (simposios) o ceremoniales (epitafio).
En Atenas, el siciliano Gorgias fue decisivo para el desarrollo de la oratoria epidíctica. En el año 427 a.C., al frente de una embajada procedente de Leontinos, consiguió asombrar a los atenienses gracias a discursos de exhibición como El encomio de Helena y La defensa de Palamedes. El Encomio de Helena ofrecía una defensa de la mujer más criticada en el mundo griego, la que había provocado la Guerra de Troya. La Defensa de Palamedes es un discurso judicial ficticio de tema mitológico, en el que Palamedes se defiende de las acusaciones que le dirige Odiseo de haber traicionado, por oro, a los griegos. Gorgias se convirtió en una referencia para la oratoria ática, especialmente por el empleo de una serie de recursos estilísticos (antítesis, repeticiones, asonancias) e incluso métricos (la existencia de metros completos intercalados en la exposición prosística) que aproximaban la prosa oratoria a la poesía. De hecho, esas figuras tuvieron tanto éxito, gracias a la intervención del sofista, que acabaron denominándose "figuras gorgianas".
Dentro del ámbito epidíctico, también hay que incluir manifestaciones oratorias ceremoniales como son los discursos fúnebres pronunciados en honor de los caídos por la patria. El epitafio se pronunciaba dentro de un contexto ceremonial en el que un orador recibía como un honor el encargo de actuar como maestro de ceremonias. Los oradores fúnebres tenían que ajustarse a una serie de ideas y tópicos impuestos y que constituían un corpus de lugares comunes que su público esperaba escuchar. Su capacidad de inventiva se limitaba al modo en que trataba esos temas tradicionales. Así, el orador tenía que comenzar reconociendo que sus palabras no eran apropiadas para la ocasión, continuaba recordando las hazañas realizadas por sus antecesores hasta el presente momento, destacando el hecho de la autoctonía y los pasos dados hasta llegar al sistema político y social actual. A partir de ahí, el epitafio se convertía en una alabanza de las virtudes del sistema democrático. Por lo tanto, la función básica inicial de este tipo de oratoria epidíctica era incrementar el respeto hacia los valores cívicos y morales que estructuran la sociedad e incitar, de este modo, la solidaridad y los lazos entre los diversos elementos sociales.
http://aliso.pntic.mec.es/agalle17/selectividad/oratoria.html
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